Utopía distópica de Tomás Moro

En la obra de Tomás Moro[1] podemos encontrar innumerables argumentos de índole ética, política y religiosa. En efecto, sería imposible concebir una sociedad utópica sin preguntarnos ¿qué es bueno? ¿Qué organización social, cultural, económica debería tener una sociedad ideal? ¿Qué influencia tiene la religión en los ciudadanos y en su desarrollo?

Utopía distópica de Tomás Moro

Imagen: wikipedia

Preguntas, todas, de rabiosa actualidad. ¿Acaso no asistimos perplejos diariamente a toda suerte de noticias que atentan contra nuestras concepciones básicas de moralidad, de legalidad, etc.? Todas las personas, independientemente de su desarrollo personal e intelectual posee una cierta manera de entender el mundo. En caso contrario, viviríamos en una constante incertidumbre y no podríamos valorar lo que nos rodea ni tomar decisiones. Lo anterior no justifica un relativismo moral o epistemológico que avale, ingenuamente, que es bueno lo que cada cual considere. De la misma manera tampoco sostiene que “esto es mi verdad” y, por tanto, es lo correcto.

La utopía[2] de Tomás Moro[3] es una invitación a la reflexión no sólo acerca de los problemas de la Inglaterra del siglo XV sino de la España del siglo XXI, con sus crisis económica, institucional y, en última instancia, moral.

¿Utopía distópica?

Según la wikipedia, una distopía es una “es una sociedad ficticia indeseable en sí misma”. Últimamente hay varias películas que se han catalogado de antiutopías como “insurgente” o “los juegos del hambre”. Por supuesto, nada tiene que ver el escenario que ofrecen estos filmes con la sociedad que nos sugería Tomás Moro. Sin embargo, todo lector de Utopía podría encontrar también señales de que tal sociedad adolecía de ciertas imperfecciones (a poco que dedicara una reflexión más profunda que la simple lectura de la obra).

En la segunda parte del libro, me gustaría resaltar un episodio relacionado con la gestión del tiempo de los utopianos. Tras detallar los horarios de trabajo, reposición de energías y descanso, Rafael indica qué hacer con el ocio. Por un lado parece indicar que cada cual es libre de hacer lo que considere mejor (por ejemplo, no hacer nada). Por otro, señala explícitamente cómo no está bien visto que los utopianos pierdan el tiempo en la ociosidad.

 El tiempo que les queda entre el trabajo, la comida y el descanso se deja al libre arbitrio de cada uno. Se busca que cada uno, lejos de perder el tiempo en la molicie y ociosidad, se distraiga, en un hobby, al margen de sus ocupaciones habituales

 Queda lejos de esta visión, aquellas otras que defienden dos objetivos. El primero, que es bien sabido que muchas de las genialidades e invenciones surgen en momentos de total ociosidad. Esto es, como resultado de un estado de sosiego mental o espiritual. El segundo objetivo es la defensa per sé del respeto a la plena autonomía de la persona para decidir qué hacer (o no) en su tiempo libre.

Con ocasión de los detalles que acompañan al almuerzo y a la cena, no escatiman en elementos alegres siguiendo el principio de ningún placer está prohibido con tal que no engendre mal alguno. Sin embargo, unas líneas más abajo relata cómo se puede viajar por la isla y, a continuación, señala:

 […] no hay nunca permiso para estar ocioso. No hay tampoco pretexto alguno para la vagancia. No hay tabernas, ni cervecerías, ni lupanares, ni ocasiones de corrupción, casas de citas, ni conciliábulos[…]

 Cuesta conciliar estos dos ideas. Al menos, se necesitaría una explicación de por qué el ocio, las tabernas, etc. engendrarían algún mal.

En lo referente a los viajes comentados, se señala cómo el príncipe autoriza un salvoconducto con fecha de inicio y fin. Lo más reseñable es que: si alguien por su cuenta viaja fuera de su propio territorio, sin el salvoconducto del príncipe, se le devuelve como fugitivo y se le castiga severamente. Si reincide, queda reducido a la condición de esclavo. No es difícil asimilar algunos regímenes en la actualidad que tienen parcial o totalmente prohibido a sus ciudadanos salir del país. No deja de ser sospechoso en una nación utópica limitar las experiencias turísticas de sus ciudadanos. ¿Podría ser que el sistema temiera que aquel que saliera descubriese un nuevo mundo que no le motivara a volver? No debería ni siquiera plantearse dicho interrogante bajo la hipótesis de una sociedad utópica (ideal, en sí misma).

En fin, en la obra se puede observar la defensa a ultranza de las tesis platónicas arraigadas en La República. Tomás Moro, en boca de Rafael Hitlodeo, sostiene una sociedad basada en la comunidad de bienes. En ella, primaría lo público frente a lo privado. Es más, se asevera, por ejemplo, que es necesario prohibir la propiedad privada si queremos aspirar a cierta justicia social. Obviamente, esta determinación no es gratuita pues por debajo existe un dilema de hondas proporciones, a saber, libertad frente a igualdad.

[1] Tomás Moro, “la figura más atractiva de comienzos del siglo XVI”. Elton, England under the Tudors [Inglaterra bajo los Tudor], Londres, Methuen, 1957, pág. 139. Erasmo, al enterarse de su ejecución, dijo de Moro que “su alma era más pura que la nieve, su genio era tan grande que Inglaterra nunca tuvo ni volverá a tener otro igual.

 

[2] La primera versión de Utopía se publicó en latín en 1516. La traducción al inglés no se publicó hasta 1556. […]Unos creen que Utopía es principalmente una obra católica, en la que el autor expone sus opiniones, y donde todo lo que pueda parecer propaganda comunista es simple alegoría. Según otros, se trata de un manifiesto político en el cual todas las referencias a la religión deben pasarse por alto. Ambas interpretaciones son sólo parcialmente ciertas…] Watson (1999). Watson, Keith (1999), TOMAS MORO (1478-1535), (París, UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXIV, nos 1-2, 1994, págs. 181-199. ©UNESCO: Oficina Internacional de Educación, 1999

[3] En palabras de Quesada (2003), fue canciller de Enrique VIII pero su crítica e independencia le costó la vida, fue decapitado, lo que hizo de él, además, un santo para la iglesia. Quesada, Julio (2003), Otra historia de la filosofía. Barcelona: Ariel

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Publicado el 16/04/2015 en Filosofía y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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